Me hice mayor no hace mucho tiempo. No recuerdo si hubo un instante en el que se operó la transición entre la minoría de edad y la edad adulta. La edad del pavo y la del zorro. Sólo sé que no me gustó. Ahora son las cinco menos cuarto de la mañana y quiero matar al pediatra de mi hija. Es lo único que me queda por probar para sentirme mejor. En el fondo no lo mataría, lo sé. No sería capaz. Por desgracia es lo que tiene haber ingresado en la edad adulta. A las cinco menos diez me consuela estar sentado aquí, frente a esta pantalla, pensando en alguna tortura inocua que llevar a cabo para que mi pediatra sufra. Un poco, unas horas. Las siete horas de rigor que llevo despierto, escuchando toser a mi hija. El señor Gutiérrez, así se llama. Le gusta darnos lecciones sobre medicina. Repetir frases del tipo: "Esto se lo he dicho ya muchas veces...". O la mejor de todas: "Eso es completamente normal". Nos dice eso moviendo la cabeza de lado a lado y con una media sonrisa. Ay, doctor Gutiérrez. Dé gracias a que ya he ingresado en la edad adulta. No sé cuándo, es verdad, pero ya lo he hecho. El rencor es más hondo pero la imaginación más corta.
Sé que imaginar estas cosas no nos ayuda. Mi hija va a seguir tosiendo. Son las cinco menos cinco.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
Un placer posmo. Espero que los malestares nocturnos hayan terminado. No conocía tu blog: ahora sí.
Publicar un comentario